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Por Israel Cortés


El hogar no tiene por qué convertirse en campo de batalla donde padres e hijos adolescentes intercambien reproches amargamente. Lo cierto es que un poco de buena disposición, sobre todo por parte de los progenitores, puede cambiar radicalmente los conflictos y evitar que sean mayores. Los simpáticos pequeñines han crecido. Ya no hay gorritos ni serpentinas en la fiesta de cumpleaños, sino muchos jovencitos brincando al son de ritmos estridentes, si no es que el festejo se llevó a cabo en un "antro", lejos de casa, de los padres y el tradicional pastel de la abuelita.


La adolescencia es una de las etapas del desarrollo humano más complejas y difíciles, debido a que se presentan cambios físicos y de identidad en chicas y chicos, hecho que les hace ver de manera extraña al entorno. Su comportamiento es ambivalente y desespera a los progenitores, pues como han dejado de ser los "niños de la casa" se disgustan cuando sus padres se acercan (lo ven como una intromisión), pero también reclaman atenciones. Como los padres se sienten en una etapa crítica y piensan que sus hijos se les escapan de las manos, es común que surjan pleitos debido a asuntos más bien triviales, pero irritantes, como falta de orden en la habitación, desacuerdos por el uso de pelo largo o demasiado corto y erizado con gel, la costumbre de vestir con ropa sucia o rota, largas sesiones de teléfono o Internet, incumplimiento de horarios y normas ya establecidas o negativa a salir de paseo con los papás.


Sin embargo, estos problemas pueden ser mucho más serios, como consumo imprudente de alcohol o consumo de drogas, por lo que la actitud de los padres debe ser cautelosa, ante todo, partir de la primicia de que un adolescente está definiéndose y que los "correctivos" tradicionales (restringir salidas, vigilar de cerca, suspender premios), tarde o temprano, tienen una respuesta contraria: los muchachos terminan por crear barreras y rechazar todo lo que provenga de sus mayores, aunque pueda ayudarles.


Cambio de actitud
Más allá de temer a los problemas o sentirse culpables, los padres deben modificar su actitud y confiar en sí mismos para experimentar verdaderos cambios en su vida. En efecto, las fotografías del álbum familiar pueden reafirmar que antes existió un trato más estable y que el chico "ha cambiado mucho". Pero no hay que dejarse engañar: la relación con el hijo o hija adolescente no es mejor ni peor que cuando era menor, sólo es distinta, y por ello necesita ser replanteada.


Aunque comúnmente se piensa que la solución radica en modificar la conducta del adolescente, lo más adecuado es que los progenitores asuman una de sus tareas más importantes: ayudar a sus vástagos a tomar decisiones propias de manera responsable. De este modo, la primera y mejor solución consiste en establecer comunicación real con el joven con la finalidad de ayudarle, sin imponer su autoridad, aunque al principio será difícil. Hay que buscar un ángulo positivo, ya que los hijos pueden sorprender gratamente, y si bien es cierto que a esa edad los chicos pueden ser tramposos y egoístas, también son leales, osados, cariñosos y solidarios. La idea es no exigirles que sean como los padres quieren que sean, sino disfrutarlos tal como ellos son.


Serenidad y paciencia
Tener la certeza de que es posible manejar cada situación y contar con serenidad para actuar, es muy importante para que los padres detengan cada conflicto, grande o pequeño. Esta idea no es superflua, pues la autoconfianza hará cambiar la forma de enfrentar la situación conflictiva con el adolescente, en tanto que la incertidumbre obligará a un proceder con tropezones y descuidos. Asimismo, los padres deben ser pacientes y comprender los problemas desde la perspectiva de sus hijos, considerando que se encuentran en profunda etapa de cambios físicos y psicológicos, en la que descubren un mundo fascinante, pero agresivo. Además, deben recordar que todo joven es rebelde, pero también que las experiencias propias obligan a la reflexión y, en la gran mayoría de los casos, con el pasar de los años entablan una verdadera amistad con sus padres: todo adolescente tiene una fuerza interna que le impulsa a realizarse como ser humano.


Desde esta perspectiva es más sencillo entender a un joven y no sentirse heridos por sus actitudes, que muchas veces, hay que creerlo, no pueden controlar. No es verdad que no les importen sus padres, ni que los vean como simples proveedores de dinero.
A sabiendas de esto, los progenitores deben hablar desde ellos mismos, como seres humanos que sienten y piensan, que deben plantear y defender mediante el diálogo sus derechos y manifestar sus preocupaciones sin agredir. En fin, quién mejor que ellos para enseñar de esta forma principios de igualdad y respeto mutuo.


Ver a los hijos con nuevos ojos
Así pues, uno de los principales factores para que el adolescente modifique su actitud rebelde es que los padres cambien el concepto que tienen sobre su vástago. Es común que un matrimonio crea que su hijo actúa en forma conflictiva porque así lo desea o debido a que es flojo, deshonesto, descuidado, inmaduro y, lo que es peor, porque no los quiere. El reto es darles confianza y hacer que crean en ellos mismos. Dudar de la capacidad de los hijos es alentarlos para que su comportamiento sea irresponsable; precisamente, las actitudes rebeldes responden a que los jóvenes temen convertirse en personas aptas para tomar decisiones y por ello siguen desempeñándose como chicos inmaduros.


Basta con hacer un comentario positivo sobre algo que hayan hecho o dicho los hijos para que éstos sepan que realmente importan. Felicitarlos por una buena nota en un examen, celebrar un gol del chico durante un partido de futbol, decirle a la joven lo bien que le queda el vestido que lleva puesto, son detalles que se valoran sobremanera. Estos gestos, realizados desde una relación de igualdad donde no haya amos ni esclavos, ayudan al adolescente a fortalecer su autoestima y a saber que puede cuidarse por sí mismo.


Así, es posible resumir la actitud de los padres hacia el adolescente en los siguientes puntos:

Es importante valorar las habilidades del joven para tomar decisiones.
Deben tratar de llevar una relación de amigos, sin que por ellos se pierda la autoridad.
Es importante que comprendan que el hijo es competente y capaz de manejar su propia vida.
Ante todo, siempre deberán tratarlo con amabilidad, cortesía y respeto.


También es importante que, ante cualquier duda, los progenitores asistan con algún terapeuta familiar que proporcione orientación sobre cómo actuar en situaciones cotidianas o de conflicto. Y, sobre todo, deben tener en cuenta que la mejor manera de convivir con un adolescente es aceptarlo y quererlo tal como es.


Fuente: saludymedicinas.com.mx

 



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