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Los primeros días de vida de tu hijo, determinantes para una futura obesidad 
Quizá te suene exagerado hablar de bebés obesos o comenzar a controlar lo que comen a tan sólo pocos meses de vida. Sin embargo, es importante que sepas que es precisamente durante esta etapa cuando aprenden ciertas actitudes y adquieren otras tantas costumbres que a la larga resultarán muy difíciles de quitar. Un niño no se hace obeso de la nada, ni de un día a otro. La obesidad infantil es el resultado de varios factores que pueden actuar en conjunto. Entre ellos se encuentran las costumbres aprendidas a lo largo de la infancia sobre alimentación, actividad física, así como su actitud ante la comida.

Si bien es cierto que otros factores determinantes para desarrollar obesidad son los genéticos, éstos no siempre son definitivos y se pueden combatir tomando las medidas adecuadas. En estos casos la resignación es lo último en que se debe pensar, es decir, jamás asumas que si tus abuelos o padres, incluso tú mismo, fueron o son obesos, tu hijo, hagas lo que hagas, también estará destinado a serlo. Los primeros años de vida de un pequeño son esenciales en cuanto a su crecimiento físico y la forma en que se establecerán las pautas de alimentación que seguirá en el futuro. Hay que recalcar que entre más tarde se afronte el problema de obesidad infantil, más difícil será corregirlo.


Todo comienza en el embarazo
El riesgo de que tu hijo pueda ser obeso inicia, incluso, antes de nacer, específicamente durante los últimos tres meses de tu embarazo, que es el momento en que el bebé acumula células grasas. Entonces entre más depósitos de grasa tenga el bebé en este período, mayores probabilidades habrá de que sea un niño obeso. Otra causa importante por la que tu hijo haya nacido con exceso de peso, es que hayas padecido diabetes gestacional, y si ésta no está no fue controlada, las posibilidades se incrementan. Lo que sucede con esta enfermedad es que altera el funcionamiento de la insulina en la mamá, lo que provoca que el pequeño reciba mucha más comida a través de la placenta.

Un factor determinante para evitar la acumulación de peso en el bebé es tu alimentación. El pensamiento de que en el embarazo se tiene que comer por dos es erróneo, y con que aumentes 300 calorías a tu dieta es más que suficiente para que tu hijo reciba lo que realmente necesita. De igual manera, si tuviste una mala nutrición durante el embarazo también afectará el desarrollo de tu pequeño. Esto es porque si tu alimentación no es la adecuada en función de la etapa que estás viviendo, la placenta tendrá una capacidad más grande de absorción, situación que intervendrá en el peso del niño en el futuro.


El papel de la lactancia materna
Numerosos estudios han demostrado la importancia de la lactancia materna durante los primeros meses de vida de tu bebé, y es que la leche materna es el alimento más adecuado en tanto tiene todos los nutrientes necesarios para que tu hijo pueda crecer sanamente y su composición se adapta a cada etapa de su crecimiento. No existe ninguna fórmula láctea infantil que reproduzca la estructura exacta de la leche materna. Entre los beneficios que otorga a tu bebé se encuentran: lo protege contra infecciones gastrointestinales y diarreas, así como de infecciones de oído y respiratorias; lo ayuda en su desarrollo neurológico; y lo cuida de las alergias.

Y para ti las ventajas que ofrece la lactancia materna son: evita las hemorragias después del parto; logra que el útero vuelva antes a su tamaño original; y te protege contra el cáncer de mama y el de ovarios. Además de todo esto, algo de suma relevancia es que, de acuerdo con recientes investigaciones, los niños que han sido amamantados tienen menos probabilidades de ser obesos. La diferencia en el futuro con respecto a la obesidad la pueden hacer tan sólo dos meses de lactancia. Por lo tanto, entre más tiempo dure el amamantamiento, las probabilidades de obesidad disminuyen. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda dar el pecho a los bebés por al menos seis meses, en tanto otras instituciones de salud dicen que lo ideal es la lactancia durante un año.


Leche materna vs biberón
Según científicos de la Universidad de Glasgow y de Edimburgo, los recién nacidos que son amamantados tienen un riesgo de obesidad inferior en 30% al de los que toman biberón. Los bebés de más de 18 meses que toman varios biberones de leche u otros líquidos dulces al día tienen más posibilidades de ser obesos, debido a que un biberón de leche aporta al menos 180 calorías o más si se le añaden cereales, azúcar, miel u otros ingredientes.


Falsas ideas que conllevan a que dejes de amamantar a tu bebé
Existen varios factores que pueden provocar que una madre ya no amamante a su hijo. Éstos incluyen:

“Mi niño no está engordando lo suficiente”: tu bebé puede estar en su peso normal; sin embargo, puedes llegar a pensar que no está dentro de los parámetros establecidos y que le hacen falta algunos kilos. Entonces, caerás en el error de comenzar a darle suplementos de leche de fórmula, con lo que sólo recibirá más alimento del que necesita. Incluso, es posible que introduzcas en su alimentación cereales y comidas sólidas antes de los cuatro o seis meses para que tu hijo engorde.
“No tengo suficiente leche”: la leche materna aparece a los dos o tres días del nacimiento, y si el parto fue por cesárea tomará un poco más de tiempo. Muchas madres temen que sus hijos no se estén alimentando bien porque ven que de sus pechos no fluye leche. No obstante, aunque no sea notorio, de tus pechos salen pequeñas cantidades de un líquido transparente que se llama calostro y que resultan las cantidades exactas que tu bebé requiere en sus primeros días de nacido, tomando en cuenta que su aparato digestivo está empezando a funcionar.
“Mi leche no es de buena calidad”: la leche materna tiene siempre la misma composición, por lo tanto tu leche no puede ser de mejor o menor calidad que la de otras mujeres.


Inquietudes que puedes tener sobre la lactancia materna
Aquí te presentamos una serie de mitos que se han formado en torno a la lactancia materna y que pueden llegar a crearte problemas al momento de comenzar a darle el pecho a tu bebé:

¿Si tengo disgustos mi leche se seca? Los disgustos no hacen que la leche cambie su sabor, ni los nervios provocan que ésta desaparezca. Incluso, amamantar tiene un efecto de relajación.
¿Es cierto que cuando la leche se hace agua hay que dejar de amamantar porque ya perdió su calidad? Tienes que saber que la leche materna no siempre tiene el mismo aspecto. Así, la primera leche que produces tiene menos grasa, la que sale durante los primeros minutos tiene más agua y azúcar y menos grasa, después irá aumentando la cantidad de grasa. Para evitar que te confundas, es indispensable que no compares el color de tu leche con el de la fórmula infantil puesto que ambas son diferentes; el aspecto natural de la primera es más acuoso y transparente que el de la segunda.
¿Si mis pechos se ablandan ya no produciré tanta leche? Muchas madres creen que sus pechos ya no están tan llenos como en los primeros días, lo cual sucede porque después del parto hay cierta inflamación que conforme va pasando el tiempo, desaparece. Por lo tanto, la producción sigue siendo la misma aunque ya sin la congestión sanguínea.
El líquido amarillento que sale de mis pechos no debo dárselo a mi bebé. Esto es falso puesto que el calostro es lo mejor que le puedes dar a tu hijo ya que es rico en proteínas de fácil absorción, sales minerales y vitaminas; asimismo a través de este líquido dotarás a tu bebé de anticuerpos o defensas que lo protegerán de muchas enfermedades.
¿Si mi madre no tuvo leche yo tampoco? Esto no es verdad porque todas las mujeres tienen leche para sus bebés.


¿Mi pequeño tiene exceso de peso?
El único que puede determinar si tu hijo es obeso es su pediatra. Esto lo hará por medio de unas tablas que definen cuándo a un niño le sobra peso de acuerdo con su edad y su estatura. En caso de que el especialista diagnostique sobrepeso, no debes ponerlo a dieta. Lo recomendado en estos casos es lo siguiente:

Si tu niño tiene menos de dos años, es aconsejable que obtenga la mitad de las calorías diarias provenientes de la grasa a través de diversos alimentos, para que crezca sano y tenga un buen desarrollo cerebral.
No sólo te fijes en la cantidad de alimentos que tu hijo consume, sino también céntrate en la calidad de los mismos.
No intentes calmarlo con dulces o comida cuando esté llorando.
No utilices la comida como premio o castigo.
Juega mucho con él y procura asociar el ejercicio con diversión para que tu niño comience a desarrollar gusto por la actividad física.

Referencia informativa: González, C. y Alcañiz, L, “Gordito no significa saludable”, México, Editorial Grijalbo, 2007; www.eluniversal.com.mx
Fuente: Departamento de Comunicación y Contenido, TodoEnSalud.org

 



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